Desde los días de Moisés, había una ordenación según la cual todo primogénito masculino —«de hombre o de animal»— era propiedad especial del Señor. El primogénito animal era ofrecido en sacrificio, y el primogénito hombre era rescatado por sus padres en un precio estipulado por la ley, Según esas mismas ordenaciones levíticas, que se remontaban a los días del desierto, la mujer que había dado a luz quedaba «impura» por un período determinado y tenía que presentarse en el templo para ser declarada «pura» por el sacerdote que estaba de turno en el servicio.
Estaba, pues, María con el niño en los brazos en el templo de Jerusalén, junto a la puerta de Nicanor, en el ala este del atrio de las mujeres. Impulsado por el Espíritu Santo, se presentó allí en medio del grupo un venerable anciano. Su vida había sido una llama sostenida por la esperanza. Esa vida estaba a punto de extinguirse.
El venerable anciano tomó al niño de los brazos de su madre, y dirigiéndose a los peregrinos y devotos, les habló unas palabras extrañas: «¡Adoradores de Yavé! Este que veis aquí, en mis brazos, éste es el Esperado de Israel. Es la luz que brillará sobre todas las naciones. Será bandera de contradicción. Todos tomarán partido frente a El, unos a favor y otros en contra. Habrá resurrección y muerte, ruina y restauración. Y ahora, ya se pueden cerrar mis ojos; ya puedo morir en paz, porque se colmaron mis esperanzas.»
¿Cuál fue la reacción de María ante estas palabras? La Madre quedó muda, «admirada» por todo aquello que se decía (Ix 2,33). Todo le parecía tan extraño. ¿Estaba admirada? Señal de que algo ignoraba y de que no entendía todo, respecto al misterio de Jesús. La admiración es una reacción psicológica de sorpresa ante algo desconocido e inesperado.
La grandeza de María no está en imaginarse que ella nunca fue asaltada por la confusión. Está en que cuando no entiende algo, ella no reacciona angustiada, impaciente, irritada, ansiosa o asustada.
En lugar de eso, toma la actitud típica de los Pobres de Dios: llena de paz, paciencia y dulzura, toma las palabras, se encierra sobre sí misma, y queda interiorizada, pensando: ¿Qué querrán decir estas palabras? ¿Cuál será la voluntad de Dios en todo esto? La Madre es como esas flores que cuando desaparece la claridad del sol se cierran sobre sí mismas; así ella se repliega en su interior y, llena de paz, va identificándose con la voluntad desconcertante de Dios, aceptando el misterio de la vida.
Tomado del libro “El silencio de Maria” capitulo II apartados: “Entre penumbras” y “Guardaba y meditaba estas cosas” de padre Ignacio Larrañaga.







