Sostenidos por la esperanza
“¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Luc.10,24)
Querido amigo la Luz que brilla sobre todo conocimiento y que apareció como un nuevo renacer sobre la humanidad, es el Verbo encarnado y humanizado en Jesús de Nazaret. Él es la Luz del mundo. Luz que brilla desde que se encarnó en nuestro mundo y no deja de brillar; ahora también para ti y para todo aquel que la busque con veracidad y de corazón.
Escucha estas palabras del prólogo del Evangelio de Juan:
“La Palabra era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Juan 1,9-12)
Querido amigo, no es lo mismo tener luz que tener conocimientos, datos, erudición… Estos son fruto de nuestro esfuerzo, de nuestras capacidades, de nuestro buen hacer… La Luz a la que me refiero, es la sabiduría de Dios. Es un don que se recibe. Viene de lo Alto. Hay que desearlo, pedirlo de rodillas… Y esperarlo…
Por eso, en este momento quiero inducirte a buscarlo y a pedirlo.
Comienza haciendo esta breve plegaria:
Ven Espíritu Divino, manda tu Luz desde el Cielo.
Ven Luz que penetras las almas.
Ven dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos.
El don se recibe, no se exige, por eso el camino es: la esperanza humilde. Pero como todo lo de Dios, es una combinación de gracia y naturaleza. Es necesario desarrollar el arte de saber ver. Y es urgente también enseñar ese arte de ver.
Este arte de saber ver, no es curiosear ni mirar con avidez, sino interiorizarse, mirar hacia lo profundo de nuestro ser; pues es de ahí de donde brotará la Luz y la sabiduría de Dios; por eso, te invito ahora a detenerte y dejar todo afán de conocimientos y especulaciones. Cierra las puertas de los sentidos y recógete dentro de ti, con esta oración:
¡Qué bueno es detenerse! Señor, me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? ¿Para qué tanto frenesí? Ya no sé detenerme, me he olvidado de rezar.
Cierro ahora mis ojos, quiero hablar contigo, Señor, quiero abrirme a tu universo, pero mis ojos se resisten a permanecer cerrados. Siento que una agitación frenética invade todo mi cuerpo; que va y viene, se agita esclavo de la prisa. Señor, me gustaría detenerme ahora mismo ¿Por qué tanta prisa? ¿Para qué tanta agitación? Yo no puedo salvar al mundo.
Yo soy apenas una gota de agua en el inmenso océano de tu maravillosa creación. Lo verdaderamente importante es buscar tu rostro bendito. Lo verdaderamente importante es detenerse de vez en cuando, y esforzarse en proclamar que Tú eres la Grandeza, la hermosura, la Magnificencia, que Tú eres el Amor.
Lo urgente es hacer y dejar que Tú hables dentro de mí, Vivir en la profundidad de las cosas y en el continuo esfuerzo por buscarte en el silencio de tu misterio.
Mi corazón continúa latiendo, pero de una manera diferente. No estoy haciendo nada, no estoy apurándome. Simplemente estoy ante Ti, Señor. Y qué bueno es estar delante de Ti.
Amén
(Oración E-40 “Detenerse)
La Luz brilla dentro de ti, como un tesoro escondido. Solo basta saberlo y creerlo.
Una vez que tengas esa quietud que tú mismo has de procurar, tomándote el tiempo que necesites para ello, siente tu ser en Dios que lo es todo. Y verás que eso te colma y no necesitas más. Esta es la oración genuina: Quédate en quietud y soledad, tan solo siendo tú en Él, que lo es Todo.
Te invito a quedarte unos minutos en este recogimiento…
Señor, yo en Ti y Tú en mi….
Mantén tu atención y confianza prendidas en Dios, pues de ahí emanará la Luz, la sabiduría y el Amor. Esta fue la oración de Jesús, siempre solo y apartado. Sabía que venía de Dios y que en esa quietud Dios le revelaría su misión y llegado su cumplimiento, volvería nuevamente a Dios.
Créeme querido amigo, sigue a Aquel que es portador de la Luz. Primero síguele camino a la montaña y luego baja junto a Él a los valles de la vida, revestido de la Luz, la sabiduría y el Amor. No te canses nunca.
Termina con esta oración de Mahamma Gandi:
Sea que estés cansado o no ¡oh hombre! No descanses, no te detengas en tu lucha solitaria, sigue adelante y no descanses.
Caminarás por sendas confusas y complicadas y sólo salvarás algunas vidas tristes. ¡Oh hombre! No pierdas la fe, no descanses.
Tu propia vida se agotará y se desvanecerá y habrá peligros crecientes por el camino. ¡Oh hombre! Soporta todo eso, no descanses.
Salta por encima de las dificultades, aunque sean más altas que las montañas, y aunque más allá sólo haya campos áridos y secos.
El mundo se oscurecerá y tú derramarás tu luz sobre él y se disiparán las tinieblas. ¡Oh hombre! Aunque peligre tu vida, no descanses.
(Oración S-35 “Oh hombre, no descanses”)
Canta:
“Fluye, Espíritu, fluye. Haz lo que quieras hacer, yo me ofrezco para que me uses como quieras, fluye, Espíritu, fluye…”