Orar desde la fe
Deja por un momento tus preocupaciones habituales, hombre insignificante; entra por un instante dentro de ti mismo, alejándote del tumulto de tus pensamientos confusos y las preocupaciones inquietantes que te oprimen. Descansa en Dios por un momento, descansa sólo un instante en Él.
Entra en lo más profundo de tu alma; aleja de ti todo, excepto a Dios y lo que te pueda ayudar a encontrarlo. Cierra la puerta de tu habitación, y búscalo en el silencio. Di a Dios con todas tus fuerzas, díselo al Señor: “Busco tu rostro. Tu rostro busco, Señor.”
(Oración de San Anselmo E-7 “Tu rostro busco, Señor”)
Querido amigo, la fe es salir cada mañana en busca del rostro del Señor. La propia vida es un peregrinar hacia la “Ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto es Dios” y al igual que todos nuestros antecesores en la fe, desde Abraham hasta San Pablo… “Todos murieron sin haber alcanzado las promesas aquí, pues reconocían que eran huéspedes y peregrinos aquí, en la Tierra” (Hebreos 11,10-13)
Una vez recogido y silenciado tu cuerpo y sobre todo, tu mente, ve haciendo una lectura rezada del siguiente Salmo 42 que expresa muy bien la sed del alma, en la búsqueda de Dios. Rézalo despacio y deteniéndote en aquellas frases del Salmo con las que más te identifiques. Aquella frase que más te llega, repítela varias veces identificándote y haciéndola tuya… No tengas prisa…. Vive el Salmo como si fuera de tu propia inspiración:
Como jadea la cierva sedienta, tras las corrientes de agua, así suspira mi alma en pos de Ti, Señor.
Mi alma tiene sed de Ti, Dios mío; sed del Dios vivo.
¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?
Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras todo lo que me rodea, me dice ¿dónde está tu Dios?
¿Por qué alma mía te agitas y desfalleces? Espera en Dios que volverás a alabarlo. ¡Salvador mío! ¡Salud de mi rostro, Dios mío!
De día el Señor enviará su gracia, y el canto que me inspire de noche, será una oración al Dios de mi vida.
Quédate unos minutos identificándote con alguna frase y repitiéndola en tu interior… (Pausa)
Y ahora, querido amigo, déjate guiar a un silencio aún más íntimo y profundo:
Concéntrate en el corazón. Siente el corazón tranquilo, sosegado, sereno… Siente paz… (Pausa)
La respiración lenta, profunda, sosegada…. (Pausa)
Toma una expresión breve, pero evocadora, una expresión que en estos momentos te ayude a conectar con Dios. Esa expresión será como un puentecito que te une a Dios; como por ejemplo: “Mi Dios y mi todo”, o bien, “Señor mío y Dios mío”, o “estás conmigo, estoy contigo” … “creo en Ti” … “confío en ti”… “espero en Ti”… Procura que sea siempre la misma expresión elegida.
Esta frase Se comienza a pronunciar cada 10 segundos aproximadamente. Aprovechando el ritmo de la respiración, haciéndolo con mucho sosiego y concentración: Inspira profundamente y al soltar el aire, dices la expresión, hasta vaciar por completo los pulmones…
Mantente en esta concentración todo lo más que puedas…. Poco a poco irás sintiendo que Dios mismo, su presencia va inundando suavemente todo tu ser… Vas llenándote de paz, de serenidad… de bienestar… Es decir, de Dios mismo.
Para esta simple, pero profunda oración, reconoce que en ti actúa el Espíritu Santo.
Siente, en estos momentos, la presencia viva del Espíritu Santo de Dios… Quien sostiene todo tu ser y que es lo que verdaderamente da sentido a tu vida.
Posiciónate en este afable y genuino amor eterno… y ayudándote de la respiración, eleva la expresión elegida que muestra algo de tu sincero sentir: “Señor mío y Dios mío”, “Creo en Ti, Señor”, “Mi Dios y mi todo”, “estás conmigo y yo contigo”, “espero en Ti, Señor” …
Quédate en esta práctica tan salvífica todo el tiempo que puedas; y si en algún momento deseas no decir la frase y quedarte en silencio… Hazlo. El puentecito ya no es necesario puesto que ya mantienes la concentración en el silencio y en la presencia…
Esta oración es de las más profundas y transformantes para uno mismo y para toda la universalidad.
Para terminar, reza esta oración y su canto correspondiente:
Creo, aunque todo te oculte a mi fe.
Creo, aunque todo me diga que no.
Porque he basado mi fe en un Dios inmutable, en un Dios que no cambia, en un Dios que es Amor.
Creo, aunque todo subleve mi ser.
Creo, aunque sienta muy solo el dolor.
Porque he fundado mi vida en palabra sincera, en palabra de amigo, en palabra de Dios.
Creo, aunque todo parezca morir.
Creo, aunque ya no quisiera vivir.
Porque el cristiano que tiene a Dios por amigo, no vacila en la duda, se mantiene en la fe.
Creo, aunque veo a los hombres odiar.
Creo, aunque veo a los niños llorar.
Porque aprendí con certeza que Él sale al encuentro, en las horas más duras, con su amor y su luz.
CREO, PERO AUMENTA MI FE.
Canto C-9 “Creo”
Que el Señor te bendiga y te guarde. Shalom.
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